Te leo, te leo y te vuelvo a leer

Hay en Hidalgo, más concretamente cerca de Tula, una presa llamada Endho. No sé si en el municipio de Tula, posiblemente en otro. Puedes llegar a ella si te vas por la carreterilla que te lleva a Nopala, esa que nace a muy poquitos metros de la zona arqueológica.

La famosa presa es algo así como el bacín del Distrito Federal, caótica ciudad en la que, si de casualidad vives, sabes ahora qué sucede con tus desechos una vez que has jalado la palanquita del inodoro.

Solían los antepasados tirar el contenido del bacín, una vez éste utilizado, más o menos cerca de su casa. Suponemos que algunos se deshacían de las inmundicias en el corral, otros más en las tierras de cultivo y no faltaría alguno que las coleccionara como si fuesen cosa fina, sin embargo, siempre llegaba el día de claudicar.

Enorme que es, pero bacín al fin, la presa Endho no puede al igual que el bacín de mi bisabuelo quedarse llena y debe por tanto soltar lo que va recibiendo para recibir más y más.

En Hidalgo, nada más 85 mil hectáreas de tierras de cultivo son irigadas con agua negra. Digo nada más como sarcasmo, digo 85 mil porque es cosa cierta. Hay que ver las cosechas de maíz, de frijol y de linaza. Hay que ver las alfalfas enormes y hay que oler el dulce aroma de la caca descompuesta.

En gran medida el agua con que se riegan esas tierras llega directamente del distrito federal, otra parte llega de la presa Endho, que se alimenta parcialmente con aguas del distrito federal mezcladas con aguas dulces provenientes de afluentes naturales.

Hoy día la Ciudad de México enfrenta el problema de sus aguas residuales, a su vez el uso de esas aguas para irrigación agrícola es bien visto por muchos, debido a la demanda creciente de alimentos y a las enormes tasas de productividad generadas por tal uso del agua negra. Sin embargo, se dejan de lado las graves consecuencias ambientales que se están creando cuando no se da tratamiento previo alguno a las aguas antes de ser irrigadas en los campos.

Enfermedades intestinales y parasitósis entre los habitantes que tienen contacto con las tierras y/o las aguas residuales; contaminación bacteriológica de mantos acuíferos; metales pesados y productos químicos en la tierra y en los alimentos ahí cosechados; no sé, no lo sabemos a ciencia cierta.

A esto, sólo sabemos que un sistema de tratamiento de las aguas residuales de la Ciudad de México urge y urge ya. Una cidad tan enorme no puede ni debe seguir “deshaciendose” de millones de litros de agua de una manera tan aberrante; de la misma forma, no pueden seguir utilizándose aguas residuales sin tratamiento para irrigación de cultivos sin pensar aunque sea un poco en las consecuancias a mediano y largo plazo.

P3rix

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